Retrocediendo en el tiempo, emerge aquel amanecer. Contraluz y una montaña diciendo buenos días tras regalarnos la noche una lluvia de estrellas.
Mi amigo arranca el día con las necesarias caladas a un piti. Desenfundo la cámara y disparo. No tengo en ese momento idea de cuántos de estos instantes van a quedar grabados en nuestra memoria sin necesidad de resortes que los evoquen.
Observo la captura amateur, el desastroso encuadre y la nefasta idea de fotografiar sin tener las mínimas nociones. La cámara compacta congela ese segundo en la película barata para que en unos días el laboratorio devuelva en papel esta máquina del tiempo.


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