
Todo se va a la puta mierda, como Azzarello y Risso querían que sucediese. Personajes que desaparecen sin una última frase ocurrente, planes maestros que se destapan como absolutos fracasos.
Con sonido de fuego y olor a sangre y azufre.
Un final que sabe a poco. Insatisfactorio... y del todo pleno, que deja instalada la contradicción en el cuerpo.
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